Pase por acá, licenciada. Ya llegamos: esta será su oficina. Espero que le parezca cómoda. Ahí en el cajón del escritorio hay papel y plumas, y si necesita algo más solo dígamelo; estamos algo cortos de material por ahora, pero trataré de conseguírselo. Esa es su computadora. En un momento bajará alguien de sistemas para terminar de configurarla y explicarle sobre las cuentas de correo electrónico. ¿Cómo dice? ¿Esa puerta? No, no es un clóset. El clóset está en la otra; todas las oficinas tienen uno, verá que hacen falta. Esta puerta lleva a la oficina de junto. En realidad, todos los cubículos están conectados entre sí, de aquí hasta el final del pasillo. Pero es mejor que no la abra. Hágame caso y se evitará muchas molestias.
¿Qué de quién es la oficina? Pues mire, licenciada, es la de su antecesor. Sí, en su momento, él fue el encargado de elaborar los libros que se hacen aquí. Yo no soy quién para juzgar su trabajo; alguien decidió que había que cambiar los libros y al licenciado no le pareció. Por eso está usted aquí. El problema es que eso fue hace tres meses: le notificaron al licenciado que dejaría de prestar sus servicios a la institución de manera inmediata y no ha querido irse a su casa. ¿Cómo dice? Sí, en serio, tres meses. Y en todo este tiempo no ha salido de aquí ni para bañarse. Vaya, ni para visitar a su esposa e hijos. A veces vienen a verlo, son dos chiquillos hermosos. Pero llegan casi siempre en fin de semana, así que es probable que usted ni siquiera se entere. Se quedan un rato, comen en familia y al final se van acongojados sin él. Pero, bueno, no se trata de usar la fuerza para sacarlo de su oficina ¿verdad? Eso sería muy poco cortés. O peor, sería ¿cómo le dice él? Ah, sí, sería neoliberal. Por lo que entiendo, nosotros somos diferentes y no hacemos eso. Ni modo. A veces me gustaría que fueran como antes, aunque sea por salud; ya verá, pronto se dará cuenta de que el olor es muy penetrante. Pero bueno, qué se le va a hacer. Pero no me haga caso, bienvenida a su nueva oficina.
Lo que sí le puedo decir es que mejor no abra la puerta si no quiere escuchar media hora de razones por las que este buen hombre dice que tiene que «resistir». No sabría decirle qué resiste exactamente pero si uno le da pie comienza con que si los libros son suyos, que si son el fundamento de la revolución de las conciencias, que si el nuevo gobierno está actuando en contra de la ideología humanista que el pueblo apoya y necesita. En fin, una retahíla que empieza en la patria y termina en la conciencia histórica, y que a uno lo deja igual que como estaba, pero que le encanta lanzar sobre el primero que le haga caso. Déjese aconsejar y mejor no abra la puerta. Ni abra las otras, claro. Si de algo vale mi recomendación, mejor deje todas las puertas cerradas como están. ¿Qué por qué? Mire, no está usted para saberlo, pero él no es el primero. En la puerta que da al otro lado de la suya, es decir la siguiente oficina en el pasillo, hay otro que hizo lo mismo. Y junto a él, otro más. Creo que ya son cinco: dos mujeres y tres hombres. Me han dicho que los anteriores se quedaron en el otro edificio. Pero no se apure, todos son inofensivos, solo que es mejor no acercarse.
Y sí, el olor seguramente no será problema una vez que se acostumbre. Otra cosa es ver a tanto mensajero por acá, trayendo comida para ellos. Llega a ser molesto. Por supuesto, nosotros tenemos prohibido pedir cualquier cosa, pero con nuestros inquilinos es necesario. Y, bueno, basta guardar un par de pambazos con mucho chorizo un par de días en el escritorio para que esto huela a rayos. El tufo de la grasa se impregna en las paredes, ¿sabe, usted?, y luego no hay manera de olvidarlo. Se mete por la nariz y ahí se queda para siempre. No hay de otra que acostumbrarse.
Pero bueno, se hace tarde. La dejo en su oficina. ¿Cómo dice? ¿Que con sus libros? No me diga, licenciada. ¿Que la transformación depende de educar al pueblo y que eso nadie lo va a cambiar? ¿Que nadie logrará sacarla y hacerla traicionar la transformación? Ay, no sé, licenciada. Yo solo soy la secretaria y no sé de esas cosas. Además, ya me tengo que ir. Me acaban de avisar que llegó el nuevo licenciado. Ahí junto al teléfono está el número de las pizzas. Que tenga una linda tarde. Licenciado, pase usted, por favor. Sí, aquí junto.