Sentado en la piedra lisa a la entrada de su choza, Facundo sopesaba las opciones. Temprano por la mañana, el patrón le había mandado decir que debía dejar la milpa ese mismo día, que se llevara lo que pudiera y abandonara lo demás, pues estaba cansado de la vida del campo y de tener sus tierras ocupadas por desarrapados. Facundo debía marcharse.
Cuando escuchó eso, Facundo se quedó inmóvil. Por un momento, creyó haber oído mal y tuvo que digerir las palabras despacio. No podía estar hablando en serio. Y si esto era cierto, no era arbitrario: era cruel. Su historia, sus posesiones, su vida estaban ahí. Su familia y la de su mujer habían vivido por generaciones en esas tierras que trabajaron hasta sangrar. Apenas les alcanzaba para sobrevivir, pero era lo suyo, lo único que tenían. Para el patrón, estas tierras eran solo una cifra en sus cuentas. Para Facundo, eran todo. Abandonarlas era una locura, pero sabía lo que significaba llevarle la contraria al rico. Él mismo lo había visto y tenía miedo de la embestida. Quizá sería mejor hacerse a un lado y simplemente huir.
—¿Cómo así nada más, viejo? ¿Adónde vamos a ir? ¿Qué vamos a hacer con todo? ¿Qué vamos a hacer nosotros? ¡Habla con él! Dile que no lo haga, que no puede corrernos. Anda, apúrate, ve a verlo. ¡Dile!
—Lo sé, vieja, pero ya lo conoces —contestó él con lentitud—. No es nada más ir a platicar.
—¡Haz algo! No podemos irnos así.
—¿Y qué quieres que haga? —dijo él, apenas moviendo los labios—. Ya viste lo que les pasó a los Martínez.
Todos recordaban el día exacto que el patrón visitó a los Martínez. Había llegado sin anunciarse, acompañado por tres municipales que arrastraron a Mateo frente a su jacal. Decían que no pagaba. Que no trabajaba. Lo molieron a golpes mientras sus hijos lloraban. Lo siguieron golpeando incluso después de que ya no se movía. Cuando terminó todo, se fueron como si nada, dejando un silencio que todavía resonaba entre los árboles.
Marido y mujer discutieron buena parte de la mañana. Se aferraron uno al otro con la fiereza del que no tiene a dónde ir. Las palabras se fueron apagando hasta volverse llanto; lloraron con la impotencia de quien carece de todo. Cuando el sol caía sobre el horizonte, ya no les quedaba nada que decir.
Su mujer no hablaba. Él la vio clavar las uñas en el borde del delantal, como si con ese simple gesto quisiera aferrarse a la tierra que les quedaba. No pudo evitar recordar las noches que pasaron imaginando un futuro mejor. Pensó en sus hijos, que alguna vez corrieron entre esos surcos.
Facundo se alejó unos metros de la casa y se quedó un buen rato en el plantío, solo. El maizal lo recibió con ese rumor leve de las hojas al rozarse, como si respiraran. Había un olor tibio a tierra húmeda y a tallos tiernos, el mismo aroma que lo acompañó desde niño. Caminó hacia adentro, sintió cómo las hojas le acariciaban los brazos. Aún faltaban unas semanas para la cosecha y el grano estaba prometiendo: lleno, bueno. Era su vida.
Sí, iría a ver al patrón.
Volvió despacio a la casa y tomó la escopeta, un arma vieja que había perdido ya todo brillo. Cuando la agarró esta vez, lo hizo como quien toma un juramento. Cargó con calma los cartuchos sin voltear a ver a su mujer —que lloraba acurrucada en una esquina, con la mirada fija en él. Facundo aspiró profundamente el olor de la tierra y comenzó a andar rumbo a la casa grande.