Vivimos en un mundo que se empequeñece. Para los primeros humanos, el planeta entero debió parecer infinito; para nuestros abuelos, viajar era una empresa de días o semanas. Nosotros, en cambio, tenemos Europa a unas cuantas horas en avión y las noticias del Lejano Oriente nos alcanzan en minutos. Desayunamos con bombardeos en Ucrania, almorzamos con disturbios en Asia y cenamos con muertos en Medio Oriente. Entre plato y plato aparecen los aperitivos habituales: criminales emboscados por el ejército en la sierra, agricultores extorsionados por bandas armadas, niñas desaparecidas a manos de algún vecino emprendedor del tráfico humano. A ratos, el mundo moderno parece un carrusel de horrores. Violencia, corrupción y muerte desfilan frente a nosotros mientras abrimos el paquete de jamón perfectamente sellado, rosado e inocente, como si nunca hubiera pertenecido a un animal. Ni siquiera nos atrevemos a llamarlo por su nombre —puerco, cerdo, chancho—. Es la «proteína» de la mañana.
La cotidianidad de la violencia moderna solo es superada por el avance del armamento. No hacen falta fantasías futuristas, ni fusiles de protones ni sables láser: lo que tenemos es más que suficiente. Un arsenal perfectamente adecuado para el fin del mundo. Sin embargo, lo consumimos con la misma pasividad con la que tomamos el metro al trabajo, más preocupados por el carterista en turno o por el jefe que exige el reporte antes de la hora de salida.
El panorama no es halagador, sobre todo cuando semejante poder cae en manos de tiranos con iniciativa, para quienes la destrucción masiva está a un botón de distancia. Así las cosas, parece que solo quedan dos opciones: vivir con miedo o acostumbrarnos hasta considerar normal lo que vemos.
Pero tal vez olvidamos un detalle incómodo: la violencia no es una enfermedad moderna. Ha acompañado a nuestra especie desde sus orígenes. El hombre moderno siente cierta debilidad por imaginar el pasado como un paraíso. Nos gusta pensar que nuestros ancestros vivían en armonía con la naturaleza, recolectando frutos y reuniéndose en familia alrededor de la hoguera bajo un cielo limpio de contaminación y telediarios.
Sin embargo, el «buen salvaje» pierde encanto cuando lo miramos de cerca. Tomemos a Ötzi, el famoso «hombre del hielo», como ejemplo. Cuando su cadáver fue descubierto en 1991 por unos alpinistas, estaba tan bien conservado que al principio pensaron que se trataba de una víctima reciente de un accidente en la montaña. Incluso tenía tatuajes que probablemente marcaban zonas de acupuntura, al más puro estilo New Age. Pero la autopsia contó otra historia: Ötzi tenía casi cinco mil años y murió por una flecha clavada en la espalda. De acuerdo con los estudios de ADN, en su carcaj había restos de sangre de dos personas distintas; en su puñal, la de un tercero; en su capa, la de otro más. Al parecer fue un día particularmente productivo para nuestro héroe neolítico, hasta que alguien le respondió en el mismo idioma.
Lo cierto es que no es un caso aislado. Muchos restos humanos antiguos cuentan historias parecidas de cráneos fracturados, flechas incrustadas y huesos destrozados por hachas o piedras. La violencia no era una anomalía: formaba parte del paisaje.
Las grandes civilizaciones no suavizaron demasiado la escena; solo la decoraron. Ni siquiera nuestros venerados griegos —la supuesta cuna de la civilización occidental— se salvan. Cuando estaban aburridos —es decir, cuando no estaban ocupados peleando entre ellos—, sus barcos recorrían las costas vecinas saqueando ciudades y violando mujeres. Ilión fue solo una víctima más, inmortalizada por Homero. En la Ilíada, el rey Agamenón propone a su hermano Menelao un plan de batalla sencillo: que no escape nadie, ni siquiera los niños en el vientre de sus madres; nadie debe quedar para llorar a sus familiares.
El patrón se repite una y otra vez a lo largo de la historia; la poesía antigua está llena de héroes que atraviesan cuerpos con lanzas y convierten a las mujeres derrotadas en trofeos de guerra. Por su parte, los textos sagrados de varias tradiciones culturales ayudan muy poco a sostener la idea del amor y el respeto, y mucho menos la nostalgia por el pasado. Con frecuencia estos libros hacen algo peor: justifican la violencia. Si la espada griega era brutal, la palabra sagrada le otorgó una armadura de superioridad cósmica. Dejemos a un lado los sacrificios propiciatorios: el asunto va más allá de quedar bien con la divinidad, pues involucra un designio ineludible. El príncipe Arjuna, héroe de la épica hindú, está a punto de entrar en batalla cuando un repentino brote de humanidad llega en el peor momento. Confundido, mira hacia las filas del enemigo y ve allí a sus parientes y amigos. Se sorprende, se enoja, tiene compasión. Algo cambia en su interior. Quiere renunciar a la violencia y dejar su puesto. Por suerte, Krishna —el dios disfrazado que conduce su carro de guerra— está ahí para recordarle su deber como guerrero: lo que le toca a él es pelear. El resto les corresponde a los dioses y al destino, que son quienes deciden. Animado por estas palabras, el príncipe sale de su marasmo, se recompone y se lanza a matar enemigos con alegre eficiencia.
Mientras esto pasa, en otra parte del mundo, los israelitas —beneficiarios del amor de su Dios, Jehová— marchan hacia la Tierra Prometida con instrucciones claras del creador: no dejar a nadie con vida. Ante su paso victorioso desaparecen cananeos, jebuseos, amorreos, amalecitas y una larga lista de pueblos que tuvieron la mala fortuna de oponerse al designio divino y ocupar el lugar equivocado. Sencillamente, debían desalojar, de una u otra manera. Esta es palabra del Señor.
Quizá muchas de estas historias sean exageraciones. Aunque se afirma de algunas que el mismo Dios las escribió, tal vez nunca ocurrieron exactamente así. Pero incluso si son ficción, son ficción celebrada: propaganda de guerra antes de que existiera el término. En la antigüedad, un líder digno de ese nombre no solo conquistaba: aniquilaba. A los sobrevivientes, si acaso los había, se les esclavizaba. Era un sistema brutal, pero al menos tenía la virtud de no fingir delicadeza.
Incluso la justicia tenía un carácter festivo. Las ejecuciones públicas eran espectáculos populares. Familias enteras acudían con canastas de comida para presenciar ahorcamientos, decapitaciones o quemas en la hoguera: un agradable día de campo.
Ante esto, nuestro presente resulta extraño. Seguimos teniendo guerras, genocidios y atrocidades. Hiroshima, el Holocausto, Ruanda y las masacres contemporáneas en Gaza nos recuerdan que la capacidad humana para destruir no ha desaparecido. Es una herencia persistente. Sin embargo, algo sí ha cambiado: las ejecuciones públicas han desaparecido de la mayoría de los países y la esclavitud es, al menos oficialmente, un crimen universal. La guerra necesita ahora justificaciones que antes nadie se habría molestado en inventar.
No, no vivimos en un paraíso ni estamos cerca de hacerlo. La guerra sigue siendo brutal para quienes la padecen, pero para la mayoría de nosotros ocurre ahora a una distancia segura: la pantalla. Hemos perfeccionado la irrealidad al punto de convertir el exterminio en una extensión de la interfaz de usuario. Un operador de drones —el audaz guerrero de nuestro tiempo— asesina a hombres, mujeres y niños desde su sillón en una oficina a miles de kilómetros y luego se va a casa a cenar.
Hemos aprendido a subcontratar la carnicería. Masticamos con la conciencia tranquila nuestro sándwich mientras la televisión lanza cifras de muertos convertidos en estadística. De paso, hemos higienizado el horror con el mismo pudor que nos impide llamar «cerdo» a nuestra cena. Así como el animal se convierte en «proteína» para no pensar en el matadero, los niños desmembrados por un bombardeo se transforman en «daños colaterales» y los asesinatos selectivos en «neutralizaciones quirúrgicas». El lenguaje actúa como una anestesia: una capa de barniz que recubre la sangre hasta que deja de manchar, permitiéndonos consumir la tragedia sin que nos cause indigestión. Al final, no hemos perfeccionado la paz, sino la costumbre de desayunar entre escombros ajenos. Apagamos la pantalla, nos sacudimos las migajas de la solapa y seguimos con nuestro día. A esa hora, la indignación, como el café, se ha terminado de enfriar.