Nació en un hospital público un martes. Fue un bebé que solo lloraba por necesidad fisiológica. Su tránsito por la escuela fue igual. Sus calificaciones eran una sucesión constante de sietes y ochos, ese rango perfecto que garantiza el anonimato.
Al terminar la preparatoria, Ana consiguió un empleo. Su puesto como capturista la sumergió en un sótano sin ventanas con veinte personas y el zumbido de los servidores. Su tarea: transferir números de facturas impresas a una base de datos, de nueve a cinco, de lunes a viernes. Almorzaba sola, un sándwich envuelto en una servilleta, y a las cinco en punto se retiraba.
Su vida fuera del trabajo fue igual. Sin novio. Un apartamento de una habitación con su hermana. Desde la muerte de sus padres: supervisar asistencia escolar de Lucía, verificar calzado, reponer leche en refrigerador. El único adorno era un calendario vencido. No tenía pasatiempos. Sus fines de semana eran silenciosos.
Después de seis años, la empresa compró un nuevo software. El día de su estreno, Ana abrió el programa antiguo. Su supervisor le llamó la atención. Ana siguió trabajando. Él insistió. Ella permaneció en silencio, dedos en el teclado. La situación subió de tono. El supervisor jaló el respaldo de la silla para que lo volteara a ver. Ella se aferró al escritorio. Él perdió el equilibrio y cayó. Su nuca golpeó el filo de metal de un archivero. En la oficina hubo una vacante imprevista en el departamento de contabilidad. Pronto fueron dos.
El proceso judicial, un trámite. A su hermana se la llevaron, mientras ella respondía las preguntas. La condena: veinte años.
Un viejo edificio, su nueva prisión. Catalogó libros como antes había catalogado facturas. Los años pasaron. Al tiempo fue liberada por buena conducta. Solo el gesto cambió: arrugas nuevas, comisuras hacia abajo. Un agente de libertad condicional le consiguió un puesto en una empacadora de pescado. Luego hizo algo de carpintería. Al final llegó a su nuevo hogar: capturando formas en el archivo de una compañía de seguros.
Su escritorio estaba en un sótano. Su tarea: digitalizar pólizas antiguas. Llegaba a las nueve. Almorzaba un sándwich. Se iba a las cinco. Su hermana no la recordaba.
Nadie en su trabajo conocía su historia. De haberla conocido, un contador la habría odiado por lo ocurrido con el otro. Solidaridad profesional. Ana se sentaba a diario frente a la computadora, transfiriendo información. Años después, Ana se fue. Murió un miércoles por la tarde. Vieja. En su cama. El puesto fue ocupado al día siguiente.