Sí, era un lindo día cuando llegaste y Lupita te hizo pasar.
—Por acá, licenciada, esta será su oficina.
Siempre amable, esperaba que el lugar te pareciera cómodo y lo decoraras a tu gusto. Te explicó que en el cajón del escritorio había papel y plumas; si necesitabas algo más, solo tenías que decírselo. Estaban algo cortos de material por entonces, pero trataría de conseguírtelo. Luego señaló la computadora y añadió que en un momento bajaría alguien de sistemas para terminar de configurarla y explicarte lo de las cuentas de correo.
Entonces le preguntaste por la puerta.
Te dijo que no, que no era un clóset. El clóset era la otra puerta, atrás; todas las oficinas tenían uno y ya verías que hacían falta. Esa, en cambio, comunicaba con el cubículo contiguo. Como esa, había otras puertas: desde la tuya hasta la del final del pasillo. Era mejor que no abrieras ninguna. Si le hacías caso, te evitarías molestias.
Claro que tu curiosidad no tardó en incomodarte. Te descubriste mirándola de reojo mientras Lupita hablaba, como si atrás de la madera hubiera alguien atento a lo que decían ustedes. Quisiste saber de quién era la oficina contigua y te explicó que había sido de tu antecesor. Él había sido el encargado de elaborar los libros que se hacían ahí para las escuelas. Ella no era quién para juzgar su trabajo, pero alguien decidió que había que cambiar y al licenciado no le pareció. Por eso estabas tú aquí.
Eso —te dijo— había pasado tres meses antes. De inmediato le notificaron que dejaría de prestar sus servicios a la institución, pero se negó a irse. Según te dijo Lupita, en todo ese tiempo no había salido ni para bañarse. Su esposa y sus hijos a veces venían a verlo: dos chiquillos hermosos. Llegaban casi siempre en fin de semana, así que probablemente ni te enterarías. Traían algo de ropa limpia, comían en familia y al final se iban sin él. A veces lloraban.
Pero no se trataba de usar la fuerza para sacarlo de su oficina, ¿verdad? Eso habría sido poco cortés. O peor: habría sido, como decía él, neoliberal. Por lo que ella entendía, ustedes eran diferentes y no hacían eso. Sin embargo —confesó en voz baja—, le habría gustado que fueran como antes, aunque fuera por salud. ¿Por salud? Sí, y pronto sabrías por qué. Aunque dijiste que no con la cabeza, como por cortesía, ya entonces te parecía percibir un olor espeso en el aire.
El olor era un problema constante. Lo comprobaste una tarde: olvidaste cerrar bien el cajón y el olor salió como si hubiera estado esperando para escapar. Bastaba guardar pambazos con chorizo un par de días en el escritorio para que todo oliera a rayos. La grasa se impregnaba en las paredes y se quedaba ahí, como una segunda pintura. Se metía por la nariz y parecía no irse nunca. Pero bueno, qué se le iba a hacer. Como todos, terminarías por acostumbrarte. El inicio, eso sí, no fue sencillo. Tampoco era agradable ver tanto mensajero entrando y saliendo con comida para ellos. Los repartidores iban y venían: pizzas, sándwiches, fritangas. Aunque estaba prohibido pedir cualquier cosa, con los inquilinos era necesario. A esto también terminarías por acostumbrarte, sobre todo cuando empezaste a pedir tus propias pizzas. Bienvenida a tu nueva oficina.
En lo que más insistió Lupita fue en que no abrieras la puerta de tu vecino: no querías escuchar media hora de razones por las que ese buen hombre tenía que «resistir». Nadie sabría decirte qué resistía exactamente, pero si uno le daba pie empezaba con que los libros eran suyos, que eran el fundamento de la revolución de las conciencias, que el nuevo gobierno actuaba contra la ideología humanista que el pueblo apoyaba y necesitaba. Una retahíla que empezaba en la escuela y terminaba en la conciencia histórica, y que te dejaba igual que como estabas.
Lo único en concreto es que no debías abrir la puerta. Ni las otras. Tú asentías a las advertencias, aunque más de una vez te quedaste sola frente a la manija, calculando cuánto ruido haría al girarla.
—¿Las otras puertas tampoco? —preguntaste.
—No está usted para saberlo, pero…
Entonces te enteraste de que tu vecino no era el primero. En la siguiente oficina vivía un licenciado que hizo lo mismo antes. Y junto a él, alguien más. Ya eran cinco: dos mujeres y tres hombres. Los anteriores, le habían dicho a ella, se habían quedado en el otro edificio. Pero que no te preocuparas: todos eran inofensivos. Era mejor no acercarse. Las puertas permanecerían cerradas.
Con los meses aprendiste qué tablas del piso crujían y a qué hora exacta llegaban las pizzas. Hasta el día que ella regresó a tu oficina. Entonces le hablaste de los libros. Al principio con calma, como quien explica un proyecto. Después con una firmeza que no te conocías. Del sentido que tenían. De la responsabilidad de educar al pueblo. De que eso nadie lo iba a cambiar. Que nadie lograría hacerte traicionar lo que habías empezado. Que nadie podría sacarte de ahí.
La secretaria suspiró. Dijo que ella solo era la secretaria y no sabía de esas cosas. Que ya se tenía que ir.
En ese momento le avisaron que había llegado el nuevo licenciado. Te señaló el teléfono.
—Ahí está el número de las pizzas. Que tenga una linda tarde.
Se oyó entonces su voz en el pasillo:
—Licenciado, pase usted, por favor. Sí, aquí junto.
Cerraste la puerta despacio.