Mario detuvo la pluma. Esto no servía. Su editor, encolerizado, le recordó su público fiel; no podía parar ahora, tenía una responsabilidad. ¿Elegiría Elisa a Gerardo o se quedaría con José Antonio? Pero Mario estaba decidido. Escribir no era lágrimas y risas. No importaba ser profundo o superficial. Si era creativo. Si lograba adentrarse en el alma humana. Si era «arte» o algo más. Escribir, escribir de verdad, era acción.

La novela se transmutó en manifiesto y algunos lo leyeron. Las derechas lo llamaron soñador. Las izquierdas, revisionista. Monarquistas y demócratas lo tildaron de anarquista. Los religiosos, de hereje. Los ateos, de profeta de una nueva fe. Solo lo adoptó un pequeño grupo radical que terminó infundiendo amor a punta de pistola. Nadie volvió a leerlo. Y Mario, bueno, Mario decidió no escribir más. Vive ahora en un monasterio, dedicado a la oración.