En el país de la abundancia
Sentado en la piedra lisa a la entrada de su choza, Facundo sopesaba las opciones. Temprano por la mañana, el patrón le había mandado decir que debía dejar la milpa ese mismo día, que se llevara lo que pudiera y abandonara lo demás, pues estaba cansado de la vida del campo y de tener sus tierras ocupadas por desarrapados. Facundo debía marcharse. Cuando escuchó eso, Facundo se quedó inmóvil. Por un momento, creyó haber oído mal y tuvo que digerir las palabras despacio. No podía estar hablando en serio. Y si esto era cierto, no era arbitrario: era cruel. Su historia, sus posesiones, su vida estaban ahí. Su familia y la de su mujer habían vivido por generaciones en esas tierras que trabajaron hasta sangrar. Apenas les alcanzaba para sobrevivir, pero era lo suyo, lo único que tenían. Para el patrón, estas tierras eran solo una cifra en sus cuentas. Para Facundo, eran todo. Abandonarlas era una locura, pero sabía lo que significaba llevarle la contraria al rico. Él mismo lo había visto y tenía miedo de la embestida. Quizá sería mejor hacerse a un lado y simplemente huir. ...